martes, 24 de abril de 2007
Epílogo Ψ
En silencio comprendió lo que sucedía a su alrededor. Fue tan repentino abrir los ojos y descubrir que todo aquel tiempo solo era parte de una nada que ella misma se había creado. Las cosas no eran como en su mente. O como en los tantos libros ficticios que había leído. El mundo no era libros. Era acción. De pronto descubrió que siendo un ente pasivo simplemente había servido de marioneta para los demás y que había jugado a vivir, pero jamás había tomado el peso de la realidad de respirar. No era solo llenarse los pulmones de aire, sino que era algo más. No era un activo inconsciente, sino que era un acto en plena facultad de nuestras propiedades. El porrazo, tal como lo llamaba su madre y que es el mejor nombre que lo define, era muy fuerte. Pero de nada le servía quedarse en el suelo lamentándose o sobándose eternamente. La idea era levantarse y seguir adelante. Abrir los ojos y no preguntarse porqué seguir con vida, sino desafiar a la vida misma. Ya que estoy aquí, atrévete a hacerme caer. Total, si caigo volveré a levantarme. No vale la pena quedarse en el pasado porque tal como con el agua estancada, terminará podrida. Y nadie debe estar podrido. Sacarse las máscaras es un gran paso. Pero si debajo de esas máscaras todo está verde, está inmaduro, no sirvió de nada. Ya es hora de entender que la vida sigue y que no porque las cosas no resultan hay que echarse a morir. Bien se sabe que no importa cuando tiempo la gente busca respuestas. Pierde su vida y no las halla. Debe ser distinto. Encontrar las respuestas ya. Y si no se encuentran, ingeniártelas, inventarlas, pero jamás rendirte. Ahora, después de mucho tiempo, puedo decirlo tranquilamente. Te amé, y mucho. Pero ya no te amo y jamás te volveré a amar, porque no me quiero podrir.
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